«Ama el arte. De todas las mentiras es la menos falaz»

Gustave Flaubert


martes, 12 de abril de 2011

Vuelvo en un momento


¡Ni yo misma puedo creerlo! Pero ¡me voy de vacaciones! Después de un año de estrés, donde mis días libres han llegado con cuentagotas, es necesario que pase una semana liberada de obligaciones. Prometo no pensar en el trabajo, ni en las noches canallas en Madrid, ni en mis "obligaciones" literarias y, en general, en nada de nada. Tan solo mis amigas y yo, aunque las consecuencias de tal intermedio, a la vuelta, pueden ser tremendas.

¿Mi destino? Os doy un adelanto aunque, cuando regrese, quizás os cuente con mayor detalle... ¡No os marchéis! Por lo menos, los que un día decidisteis quedaros...


martes, 5 de abril de 2011

Catorce meses

'El mes más cruel' (Impedimenta)

Suele pasarme a menudo, que el relato corto se me queda escaso. Y valga la redundancia. Quizá el problema es mi manera de concebir el mundo, cómo si cada diminuta partícula y cada sustancia a mi alrededor fuesen parte de un todo indomable, incomprensible y, por supuesto, inevitable. Aún así, existen excepciones. Por quedarme en los contemporáneos (para que luego no me cuelguen el sambenito de nostálgica), citaría a Sergi Pàmies o a Quim Monzó (ambos publicados por Anagrama), y ahora también a Pilar Adón, que con su excelente El mes más cruel (Impedimenta) ha conseguido dejarme con un buen sabor de boca.

En los catorce relatos que conforman el libro, predominan las mujeres. La visión femenina es la que conduce por el misterio de las relaciones personales, de los lazos invisibles que provocan que dos personas no se puedan separar. Y como el tema es complicado de per se, era de esperar la lectura no fuese precisamente baladí. Cada cuento es un pequeño universo, incompleto y hermético, cargado de equis que encierran sutileza e ingravidez pero, sobre todo, ambigüedad, suposiciones y elipsis incompletas. Como explican desde la editorial: “El mes más cruel es una esmerada colección de recetas para sobrevivir a la pérdida, a la separación, la locura y el miedo”. El único problema es que el remedio tiene forma de literatura, y no de fórmulas matemáticas.

Pilar Adón fue galardonada, en 2005, con el Premio Ojo Crítico de Narrativa tras la publicación, ese mismo año, de Viajes Inocentes (Páginas de Espuma). Pero el libro no sólo le valió numerosos galardones sino también que la crítica la señalara como una de las escritoras más prometedoras del panorama narrativo español. Con varios libros en el mercado, la dulzura y excelencia literaria de la madrileña ya no es pura utopía y, como los buenos, consigue superarse a sí misma a cada paso que da.

El mes más cruel no pasa desapercibido aunque, en mi opinión, lo mejor es que no necesita etiquetas ni esfuerzos en la recomendación. Y, por supuesto, siempre es un placer leer literatura sobre mujeres que no sea, únicamente, para mujeres.


miércoles, 30 de marzo de 2011

La historia de 'otra' familia

'París-Brest' (Acantilado)

París-Brest (Acantilado), de Tanguy Viel, es una novela pequeña que uno puede leer, prácticamente, sin darse cuenta. Precedida por las buenas críticas que había tenido en Francia, comencé a leer cargada de interés pero, ahora que la he terminado, no soy capaz de decidir si realmente me ha gustado.

Me pasa con algunos libros, pero supongo que es culpa mía. Culpa de los prejuicios que he ido adquiriendo a lo largo del tiempo (a costa de leer casi de manera obsesiva) como, por ejemplo, la idea de que toda la literatura made in Francia va a interesarme. Imagino que parte de esa obcecación es consecuencia de haber tomado lecciones existencialistas en los libros de Camus o de Malraux (por nombrar algunos), de los que aprendí a mirar (con dignidad) la parte más angustiosa del mundo.

París-Brest habla sobre la familia de Louis, protagonista y narrador. Cuenta las terquedades de una madre burguesa cargada de monomanías por vivir a tono con los que ella ve como semejantes, de un padre corrupto que se ve obligado a exiliarse de la ciudad, de una abuela que al final de los días hereda una gran fortuna, y de Kermeur hijo (quizá el personaje más interesante), al que el protagonista apunta como el culpable de todos sus errores.

Los primeros capítulos coloca al lector en los antecedentes de la familia, y explican el por qué Luois termina decidiendo exiliarse a París y sólo regresar tres años después, para pasar las Navidades con la familia. Con agilidad y soltura, a veces con alguna dosis de seducción, París-Brest disipa las dudas del talento descriptivo de Viel, cuya pluma permite elucubrar sobre los puntos autobiográficos.

Decía el gran Tolstoy que “todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera”. Supongo que es aquí donde entra en juego el lector, ya que el hecho de que esta historia no sea la historia de su familia, sino la de otro, le permita apreciar con mayor facilidad la amplia gama de grises.


viernes, 25 de marzo de 2011

Existencialismo y amor adolescente

'Richard Yates' (Alpha Decay)


He leído Richard Yates (Alpha Decay), de Tao Lin, mientras escuchaba a Julie Dorion. Supongo que no es una forma de empezar una reseña literaria pero creo que me daré el gusto de pemitírmelo ya que, al fin y al cabo, el libro tampoco hace caso a las formas clásicas de narración. Los escenarios de esta novela son el chat de Gmail, emails, sms y llamadas telefónicas, el hábitat natural de los adolescentes del siglo XXI.

En Richard Yates (autor del mítico Revolution Road y cuya lectura es recomendable para descubrir los dobles sentidos de Lin) se cuenta la historia de Haley Joel Osment y Dakota Fanning. Él, un tipo de veintidós años con pretensiones de convertirse en un escritor (seguramente "maldito"), y ella, una adolescente de dieciséis años que convive con una madre histérica y un hermano drogadicto. El pan de cada día de la sociedad norteamericana, o el lugar común que el cine ha creado de la juventud norteamericana: un poco decadente y atormentada, underground y que, poco a poco, se va ahogando en su propia existencia. De hecho, esta es una novela existencialista. No faltan las referencias a Sartre o Beckett, a la depresión y al suicidio. Algo que resulta paradógico teniendo en cuenta las frases telegráficas con las que se forma la novela, o la banalidad de alguna de las conversaciones de toda la novela.

Supongo que de alguna manera, su autor es otro de los jóvenes estadounidenses (tiene veintiocho años) que se burla del idílico "sueño americano" ya que Richard Yates tiene un punto melodramático y tormentoso, escondido en la aparente simplicidad de su contenido. Una novela que dentro de unos años (pienso) hará las funciones de libro de cabecera para entender a la juventud de la Era Digital, así como El dueño de la historia (El Aleph Editores), de Malcolm Bradbury, sirve para conocer la revolución sexual de los 70 en Londres. Por ejemplo.

Muchos consideran que Tao Lin está destinado a ser uno de los grandes nombres de la literatura del siglo XXI. A tomar un relevo que, como apuntan desde la editorial, sabe un poco a Douglas Coupland y a Bret Easton Ellis. Imagino que hay algo de cierto, aunque dejaré que pase un tiempo antes de retomar su lista bibliográfica. Algo que haré seguro. Algo que volveré a leer con música.

martes, 22 de marzo de 2011

Cosas de valientes

Mercedes Pinto

Hace un mes, pasé varias semanas acercándome a Mercedes Pinto (Tenerife, 1883 – México D.F., 1976), la escritora y poetisa canaria que ha estado encerrada en una celda del olvido popular durante muchos años. Me pregunto cuántos personajes habrá en la Historia como ella. Cuántos y cuántos nombres habremos perdido con el paso del tiempo.

Lo que más me impactó al estudiar la biografía de Pinto es que creo que fue una mujer feliz, a pesar de que su camino estuviese lleno de baches. En 1909, con sólo 21 años, se casó con Juan de Foronda, un hombre excesivamente machista, autoritario y diabólico que, en cualquier momento, habría podido matarla. Por eso Pinto huyó a Madrid, para intentar escapar del hombre que, muy probablemente, habría sido en su verdugo.

En una España, la de Primo de Rivera, en la que la mera palabra divorcio sonaba a algo más que a pecado, Mercedes Pinto se subió en 1923 al estrado de la Universidad Central de Madrid y pronunció su mítico discurso, El divorcio como medida higiénica. El aula magna estaba llena de hombres, casi todos médicos, que debieron intuir el revuelo que aquella intervención causaría, días después, en la opinión pública. Sin embargo, Pinto sólo estaba pidiendo una cosa: que la justicia española de principios del siglo XX protegiese a las víctimas de sus maltratadotes o, al menos, que las permitiese divorciase de ellos.

Tras el discurso y un breve desencuentro con la princesa doña Paz de Borbón, Mercedes Pinto se vio obligada a exiliarse a Latinoamérica. Será en este continente donde la tinerfeña recuperará las ganas de vivir junto a sus hijos y su segundo marido, Rubén Rojo. Pinto desarrollará su carrera intelectual hasta su muerte, en 1976, al regreso de unas conferencias en Cuba. En su estancia en América del Sur, conocerá a Luis Buñuel (quién utiliza su novela más célebre, Él (Ediciones Escalera), para rodar su película homónima, basada en la experiencia de Mercedes con el maltrato) o Pablo Neruda, que le dedica unos versos que decoran su tumba: “Mercedes Pinto vive en el viento de la tempestad,/ con el corazón frente al aire./ Enérgicamente sola,/ urgentemente viva./ Segura de aciertos e innovaciones,/ terrible y amable en su trágica/ vestidura de luz y llamas”.


jueves, 17 de marzo de 2011

Periodistas científicos vs. Científicos periodistas

'Mala ciencia' (Paidós)

Japón está viviendo unas horas críticas. El planeta vive a la espera de noticias desde Fukushima y, aunque las informaciones que van llegando son contradictorias, los medios de comunicación se apresuran a anunciar el Apocalipsis Nuclear. ¿Realmente estamos a la espera del fin del mundo, o ante un nuevo ejemplo de mala praxis periodística?

El psiquiatra y columnista británico Ben Goldacre, en Mala Ciencia (Paidós) no duda en señalar a los periodistas como los grandes culpables de las mentiras y las leyendas urbanas que giran en torno a la ciencia. Para él “las personas de los medios de comunicación son titulados en áreas de humanidades con escasos conocimientos sobre ciencia, que, además, se enorgullecen de su ignorancia en la materia”. De esta manera, el libro reabre el eterno debate sobre en manos de quién ha de estar la divulgación científica.

Goldacre introduce su reflexión en torno a las charlatanerías y falsedades que giran alrededor del universo científico aludiendo al mítico discurso de C. P. Snow sobre las “dos culturas”, en el que explicaba la incomunicación que existía entre las humanidades y las ciencias: “Los científicos creen que los intelectuales literarios carecen por completo de visión anticipadora, que viven singularmente desentendidos de sus hermanos los hombres, que son en un profundo sentido anti-intelectuales, anhelosos de reducir tanto el arte como el pensamiento al mundo existencial”. Sin embargo, Show no habló sobre cuáles son los “buenos” y quiénes los “malos”, cosa que Goldacre esclarece al afirmar que “en la actualidad, los científicos y los médicos se ven superados en número y en potencia de fuego por nutridos ejercicios de individuos que se sienten autorizados a emitir juicios sobre asuntos que son una simple cuestión de evidencia, pero sin preocuparse siquiera por adquirir un nivel básico de comprensión de las materias por tratar”.

La solución ante tal conflicto sobre la incapacidad que poseen los periodistas para emitir información científica puede tener dos soluciones. Por un lado, que dichos mensajes se difundan a través de medios especializados, como por ejemplo la revista inglesa New Scientist que en 2008, coincidiendo con la edición original, calificó el libro de Goldacre como “una de las lecturas esenciales del año”. Este tipo de formatos, por cuestiones de natura, tienen la capacidad para desarrollar el procedimiento de una investigación científica, así como detallar los matices empíricos realizados en dicho estudio que, por otra parte, se asemeja formalmente a la estructura de análisis e investigación social dada por Berganza Conde en Investigar en Comunicación (Mc Graw Hill). El segundo remedio es que los científicos ocupen puestos en medios de comunicación de masas para que quede en sus manos la labor de transmisión informativa de la ciencia. De este modo queda asegurado, pues, que cuando quien decir apoptosis, por ejemplo, digan apoptosis y no muerte celular. Porque, como Goldacre indica: “Adquirimos la información de la boca o de la pluma de las mismas personas que han demostrado en reiteradas ocasiones su incapacidad para saber leer, interpretar o dar testimonio fiable de las pruebas verdaderamente científicas”.

La ciencia como producto

En Mala ciencia también se habla de la realidad que se esconde tras multitud de estudios que se disfrazan de logros y avances científicos, a través de casos concretos que el autor ha ido recopilando a lo largo de los años. Por ejemplo, el del doctor Cliff Arnall que, como Goldacre explica “es el rey de las noticias sobre ecuaciones matemáticas especiales, y entre su producción más recuente se incluyen las fórmulas para calcular el día más deprimente del año, el más feliz, el puente festivo más perfecto y otras muchas (muchísimas) más”. En el caso del 2008, la investigación de Arnall para determinar cuál era el puente ideal para reservar unas vacaciones estuvo patrocinada por Sky Travel.

A pesar de que el libro se centre en la realidad británica, en España también hay ejemplos de que detrás de muchas de las informaciones científicas que los ciudadanos reciben diariamente a través de los medios de comunicación se oculta el departamento de RRPP y marketing de alguna empresa o multinacional. La Universidad (privada) de Navarra, en 2004, realizó un estudio sobre las propiedades de Actimel cuyos resultados no sólo servían para otorgar un certificado de calidad al producto sino que, además, Danone convirtió dicha investigación en la protagonista de su campaña publicitaria.


miércoles, 16 de marzo de 2011

Rarezas y joyas

'Ella era Hemingway. No soy Auster' (Alfabia)


Hoy no hablaré de contenido, sino de forma. Porque hace unos días, intentando poner un poco de orden en mi biblioteca, me encontré con un pequeño libro de Enrique Vila-Matas,Ella era Hemingway. No soy Auster (Alfabia) del que me había olvidado por completo. Supongo que su diminuto tamaño (unos diez centímetros) y sus escasas cuarenta páginas fueron determinantes para no captar mi atención en un primer momento. Recuerdo haberlo comprado hace un par de años. Por aquel entonces, tras la lectura de El viento ligero de Parma(Sexto Piso) me había obsesionado con Vila-Matas, y me apetecía leer todo lo que había escrito, especialmente ensayo.

Al recuperar Ella era Hemingway. No soy Auster he sonreído. No sólo porque fuese como adquirir el libro otra vez sino porque, además, la edición me ha parecido encantadora. Y es que, los que amamos la lectura y hacemos de la literatura casi nuestra forma de vida, no nos conformamos sólo con ir a un centro comercial y adquirir un bolsillo del último best seller sino que llega un momento que cruzamos la diminuta línea que separa la bibliofilia de la bibliomanía y nos convertimos en auténticos depredadores de ediciones raras y especiales.

Supongo que no seré la única que piensa que, por mucho que ese invento llamado TIC se vaya adueñando poco a poco de nuestras rutinas, en el pasar páginas de un libro se esconde una magia implícita que nos hace ser más felices. Sobre todo, cuando los editores se esfuerzan por ofrecer al lector un (señor) objeto, y no un mero producto de fast culture.

Soy plenamente consciente de que, en los tiempos que corren (que parecen inspirados en la película del visionario Chaplin), no es el momento más adecuado para incitar a la compra de buenas ediciones pero, como mirar es gratis, ni la crisis ni la ministra de Cultura pueden impedirnos que dediquemos una tarde de librería en librería a contemplar lo maravillosamente bien publicados que están algunos libros. La edición, a mi modo de entender, también es un arte que (por suerte) no escasea pero con el que (por desgracia) tan solo unos pocos llegan a fin de mes.