
«Ama el arte. De todas las mentiras es la menos falaz»
Gustave Flaubert
miércoles, 16 de marzo de 2011
Rarezas y joyas

lunes, 14 de marzo de 2011
La nostalgia de Lorca

Reconozco que no soy amante de la poesía. Mi problema no es el de los estudiantes norteamericanos que no tienen reparo en admitir que no entienden a Alexander Pope o a Emily Dickinson. Lo mío no es una cuestión de falta de comprensión sino que, por lo general, la poesía no consigue emocionarme y quizá por ello siempre me halla acercado a ella de puntillas y cargada de prejuicios. Sin embargo, estaba esperando con impaciencia la publicación de Mi pueblo y otros textos vegueros (Barril&Barral), una antología de textos en los que Federico García Lorca hace referencia a Fuente Vaqueros.
A lo largo de toda su obra, Lorca mostró una relación muy especial con el pueblo granadino en el que nació en 1898 y que abandonaría en 1918 para trasladarse a Madrid. Su estancia en la Residencia de Estudiantes supondría el despegue de su carrera literaria, con la que encabezaría la Generación del 27. En cualquier caso, incluso en sus obras más célebres como Bodas de sangre o Poeta en Nueva York, puede verse cómo Lorca siempre estuvo sentimentalmente unido a la vega de Granada, de la que siempre se acordaría con nostalgia y melancolía.
Para Lorca, Fuente Vaqueros representa una etapa de su vida feliz, junto a su familia y sus compañeros de colegio, en la que se acercaría por primera vez al arte. Sin embargo, su pueblo y su gente también personifican lo terrenal, la vida mundana cargada de injusticias, necesidades y sacrificios. Por ello, esta recopilación de textos de prosa y de poesía sirve para comprender mejor la obra lorquiana, mucho más profunda, intelectual y misteriosa de lo que muestran los libros de texto.
Mi pueblo y otros textos vegueros incluye Alocución al pueblo de Fuente Vaqueros, un discurso que García Lorca pronunció en septiembre de 1931 cuando fue el encargado de inaugurar la biblioteca municipal. Esta plática es de destacar porque en ella queda reflejado el enorme amor que Lorca sentía por los libros, y cómo estaba convencido de que la literatura y la cultura dignificaban la vida. “Cultura. Cultura, porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz”. Yo, setenta años después, sigo pensando lo mismo.
viernes, 11 de marzo de 2011
Decorando el muro

Nadie ya duda de que Aramburu sea uno de los escritores más doctos del panorama literario español. Su anterior libro, Los peces de la amargura (Tusquets), además de valerle unos cuantos premios, se convierte en un manual para aquellos que quieran entender el conflicto vasco. Quizá por ello nadie sospechara que con su última novela regalaría al lector una historia doméstica, las idas y venidas de un matrimonio que emprende un viaje por Alemania por motivos profesionales. Clara, inapetente profesora con pretensiones de escritora de éxito, recibe el encargo de escribir una guía sobre su país, haciéndose acompañar por su marido (un español que acepta que se le conozca únicamente como Ratón), que accede gustoso a servirle de asistente, ayudante, chófer, mozo o esclavo. Serán precisamente las memorias de este, la bitácora que va redactando durante su viaje, lo que el lector conozca y, por tanto, lo que le convierte en un privilegiado ya que tras el cuaderno de Ratón se esconde la soberbia narrativa de Aramburu que tampoco esta vez defraudará a los que hayan decidido invertir su tiempo y su dinero en este libro.
Viaje con Clara por Alemania (Tusquets) es una novela que se debe leer despacio. Que en ocasiones hay que dejar reposar para así poder mirar con cariño a los personajes que, como a un hijo revoltoso, se les termina queriendo. Ratón es Ratón desde la primera página hasta la última, aunque alguna vez se le pueda acusar de cierta falta de madurez y valentía para enfrentarse a las crisis creativas de Clara, que a menudo la transforman en una histérica y una neurótica, frivolizando sobre aquellas cosas que endiosa. Esta paradoja resulta verosímil gracias a la grandeza literaria de Aramburu, que demuestra que sus veinticinco años residiendo en Alemania le han hecho un experto conocedor de los entresijos del país, tanto a nivel geográfico como a nivel social.
Aramburu no se cohíbe a la hora de parodiar la literatura de viajes, de la que demuestra ser un experto. Aludir a Wolfgang Borchert para relatar una escena en un prostíbulo de Hamburgo o utilizar a Thomas Mann para introducir el descanso con el que se obsequia voluntariamente Ratón en una estancia de la Buddenbrookhaus, le sirven para lanzar la prerrogativa de que es necesario crear alternativas para este género literario, mitificado y encumbrado gracias al paso del tiempo.
El recorrido por la tierra de Hesse por el que nos conduce Aramburu requiere un dilatado fetichismo por la cuna de La Bauhaus y un apego especial a la literatura de señores, al más estilo Joyce o Calvino. A pesar de que la trama parezca detenerse por momentos, el lector se sentirá refugiado en una narrativa especialmente cultivada y elaborada que le guiarán por treinta y cinco capítulos que, probablemente, requieran que el lector recurra a Stendhal para hallar la guinda a una novela cuyo único pecado podría ser el exceso de calidad literaria. Pero en tiempos en los que la cultura de masas marca el rumbo de la producción artística, padecer una afección romántica es todo un regalo que sólo unos pocos expertos podrían convertir algún día en epidemia.
jueves, 10 de marzo de 2011
El placer de recordar

Supongo que ya os habréis dado cuenta de mi especial debilidad por la literatura sin pretensiones, por los libros que surgen por mera casualidad o por la más asombrosa genialidad de ciertas personas que, el día menos pensado, les da por convertirse en autores. Muchos criticarán esta teoría mía y dirán que no hay nada que surja por que sí, y que tras una apariencia de encadenadas contingencias, se encuentra el maquiavelismo de ciertos tipos y tipas con la intención de hacerse ricos a base de vender libros. Sin embargo, esa diminuta línea que separa la literatura casual de la vanidad cocinada es lo que marca la diferencia, en mi opinión, entre una obra y un producto.
A mí me ha bastado recibir un ejemplar de Sobre la felicidad a ultranza (Periférica), para darme cuenta de que su autor, Ugo Cornia, era uno de mis autores preferidos. Tuve la suerte de acercarme a esta novela (publicada ahora por primera vez en castellano) cuando estaba en Florencia, cuando mi vida discurría a tal ritmo en el que vivir se había convertido, prácticamente, en un acto inconsciente. Tras leer este libro de Cornia recuperé, en gran medida, la tranquilidad que me hacía falta para darme cuenta de que, incluso en un círculo vicioso protagonizado por la tristeza y los dramas, se puede encontrar la energía necesaria para ser feliz.
Sobre la felicidad a ultranza es uno de esos libros que, cuando los terminamos de leer, nos dejan la sensación de querer ser mejores personas. De mirar a nuestro alrededor con otros ojos y, de alguna manera, perder el miedo a afrontar ciertas cosas de frente. Esta es una novela cargada de optimismo y de ganas de vivir, a la que el lector se va enganchando página tras página y de la que le costará mucho desprenderse. Porque el tono autobiográfico (en realidad indefinible) de Cornia, hace que sus recuerdos bien puedan ser los nuestros, que su existencia guarde asombrosos paralelismo con la nuestra y con la del resto de la Humanidad.
Me gusta que Cornia hable con aliento de la muerte de los seres queridos. Me gusta que hable de su tía y de sus padres con la misma naturalidad que lo hace de antiguas ex novias. Me gusta que hable de lo misteriosa que resulta la mente humana, y la facilidad con la que nuestra memoria olvida, para después recuperar, momentos que en su día pensamos que serían inolvidables. Yo había perdido en mi cabeza la convicción de que Ugo Cornia era uno de los pocos escritores contemporáneos que podrían estar incluidos en la lista de Autores a los que hay que leer antes de morir. Es apasionante que la publicación en español de Sobre la felicidad a ultranza me haya hecho volver a recordarlo.
martes, 8 de marzo de 2011
Volver a Estambul

Al igual que en la anterior novela de Luis Leante, Mira si yo te querré (Alfaguara), la muerte juega un papel esencial en el arranque de una historia donde el amor, la pasión y el esplendor perdido van de la mano. El cuerpo sin vida del escritor turco Emil Kemal es hallado por René, su traductor en España, quien se ve implicado moralmente en la muerte por un pequeño detalle que le lleva a evocar sus días en Estambul y su relación con el escritor más allá del vínculo de la escritura.
De este modo comienza la trama angular de la novela, sobre la que avanzan en paralelo evocaciones al pasado de los personajes y que resultan imprescindibles para comprender las actitudes del presente. Como ya hiciera en su anterior obra, Leante usa diferentes tiempos verbales. La trama principal está escrita en primera persona mientras que las referencias al pasado lo están en tercera persona. En este aspecto, La luna roja (Alfagura) supera a su antecesora porque todas las tramas están tratadas y expuestas en un orden cronológico tan nítido que hace de esta novela un engranaje perfecto; tanto que es posible leer de forma independiente cada una de ellas, aunque la comprensión plena de las mismas, lógicamente, esté supedita al orden propuesto por el escritor.
Más allá de la diferenciación en la utilización de los tiempos verbales, todas las tramas tienen algo en común: la claridad. Leante desata un verbo sencillo, con una alternancia en la extensión de las frases que dotan a la lectura de un ritmo idóneo y lo que es más importante, estable durante las casi cuatrocientas páginas de la novela.
Bajo esta nitidez narrativa hay que destacar la importancia de los diálogos. En la voz de los personajes la historia también avanza y en ningún momento interrumpe el ritmo de la narración. Cada voz goza de ese matiz que la diferencia del resto, además de añadirles el cariz propio de las diferentes personalidades y que suple con creces la carencia de un repertorio de descripciones que bien podrían ser escasas.
Nada escapa al entendimiento del lector: ni siquiera es necesario conocer los lugares donde se desarrolla la historia porque el aroma y los colores de Estambul, Múnich o Madrid parecen fluir con el pasar de las hojas. Todo encaja en el marco de nuestra realidad cotidiana, lo cual hace que sea una obra verosímil de principio a fin, incluidos los hechos que suceden en la trama angular, anclados en los estereotipos propios del género de novela negra. Porque ni siquiera la utilización manida de los patrones del género pueden considerarse un inconveniente. La luna roja va más allá de una historia donde es preciso aclarar la muerte de un sujeto porque el modo en que ésta se ha producido no es tan importante como sus consecuencias. De eso nos damos cuenta desde el primer capítulo, lo cual permite que todos los giros posteriores –medidos milimétricamente –sean oportunos y hasta necesarios.
Estamos ante una novela repleta de aciertos, construida como un gran acertijo a través de factores tan humanos y saboreados por todos como lo es la añoranza de los sueños que no se materializaron, el anhelo imposible de recuperar el pasado y la negación sistemática de un presente que nunca será tan dócil como un día fue la ilusión. La sencillez de apelar a las entrañas comunes del ser humano hace que Leante, sin duda alguna, firme su mejor novela y ejemplifique un salto de calidad en su obra que nadie puede dejar pasar.
domingo, 6 de marzo de 2011
Imprescindible

Martin Amis se caracteriza por su extrema agudeza, lo que le permite dar a luz a obras que no pasan desapercibidas. Abalado por las buenas críticas y el gran éxito que le acompañaron con Niños Muertos y La casa de los encantos (ambas de Anagrama), el 2011 lo comienza con la publicación de La viuda embarazada (también de Anagrama). Una novela que, en un principio, iba a ser autobiográfica pero, al final, terminó en un híbrido entre la realidad y la ficción. “Escribir sobre las propias relaciones sexuales es asqueroso”, confesó Amis en la presentación del libro en Barcelona.
Pero La viuda embarazada no es un libro sobre sexo. Concretamente es un libro sobre la revolución sexual en Europa, contextualizado al compás de otras revoluciones románticas como el Mayo del 68 o la Primavera de Praga. Los eslóganes juveniles que se impusieron entre finales de los sesenta y primeros de los setenta están merodeando por las estancias del castillo del norte de Italia donde Amis coloca la historia, y por la vida de cada uno de los protagonistas. Dos chicos y tres mujeres que convivirán durante los meses de verano, lo que les servirá para descubrir y hallar en sus cuerpos (y en su mente) ese impulso sexual que, una vez despierto y tolerado, resultará infrenable.
La narración de Amis resulta magistral. El lector no podrá ponerle ni un solo ‘pero’ cuando haya asimilado que entre sus manos no tiene una novela de usar y tirar. Porque Martin Amis es uno de los escritores más doctos del panorama literario inglés y actual, y eso se nota en su falta de complejos, en la eliminación de los clichés y en la superación de la solidaridad literaria con el lector. Porque, si alguien se aburre, está permitido que deje de leer pero, eso sí, que lo haga con la plena conciencia de que La viuda embarazada será, probablemente, una de las mejores novelas del año.
lunes, 21 de febrero de 2011
To be or Not To Be
