
«Ama el arte. De todas las mentiras es la menos falaz»
Gustave Flaubert
martes, 22 de noviembre de 2011
La vera Roma

Media hora

lunes, 21 de noviembre de 2011
Paseando por Lisboa
domingo, 20 de noviembre de 2011
¡Esto no es ninguna vida!

Hará por lo menos un mes que leí un artículo sobre que el chick-lit estaba de capa caída. Pocos días después, veo a Marta Rivera de la Cruz presentando su último libro, La vida después (Planeta) en la televisión. Soy periodista, y reconozco que me pudo la vanidad de relacionar aquella reseña que hablaba de la crisis de un género con una novela de dicho género. Y, encima, “made in Spain”.
La vida después cuenta una historia que no me creo. Una historia que me aburre y que es como si la autora me la estuviese metiendo con cuchara a lo largo de las casi cuatrocientas páginas. La protagonista es cargante, arrogante y maleducada, aunque Rivera de la Cruz intente dibujarla como una estrella de la vida moderna. Como una “encantadora de serpientes”, como la mujer de 90-60-90 que todos admiran, veneran y endiosan únicamente porque su físico decoroso en las fiestas.
Los escenarios por los que nos llevan es otra muestra de la pedantería de un libro que es una especie de “querer y no poder”: el Manhattan de Sexo en Nueva York, el París del pret-à-porter y el Madrid de la falsa intelectualidad. Una mezcla bastante complicada y que sólo podría salir bien si la novela la publicas en SM, colección El barco de vapor.
La vida después se supone que quiere ser una reflexión sobre si la amistad pura entre un hombre y una mujer es posible. La tesis que mantiene la autora es que sí, aunque si mi novio tuviese una amiga como la protagonista haría todo lo posible porque no apareciese por su fiesta de cumpleaños. Y ahí es donde viene la inverosimilitud: ella, tan inteligente, tan viajada y tan leída, no se explica porqué para el resto del mundo es como la menstruación, que siempre aparece en el momento más inoportuno. Aunque, en este caso, el “resto del mundo” también deja mucho que desear.
Marta Rivera de la Cruz ganó el Ateneo Joven de Sevilla. Un certamen que, viendo la lista de premiados, lleva generándome serias dudas últimamente. También fue finalista del Planeta en el 2006 con En tiempo de prodigios. No he leído nada más suyo y creo que no lo leeré. Pasar de 1Q84 a La vida después es como que te den una buena patada en el estómago pillándote desprevenido. Así que si no queréis perder el tiempo, no seáis tan tontos como yo y ni se os pase por la cabeza hacer deducciones por métodos analíticos. No sé si el chick-lit está de capa caída o no pero, desde luego, La vida después es un libro que embrutece una biblioteca.
We R Open

No sé cómo el “Vuelvo (casi) en un momento” se convirtió en un abandono de mal gusto. Sin cartelito en la puerta, sin excusas y, lo que es peor, sin remordimientos. Obligarme a escribir sobre libros era una buena costumbre. Me mantenía la cabeza sobre los hombres, y me depuraba la mente varias veces a la semana. Pero quienes tenéis la mala suerte de conocerme sabéis que yo tengo la desvergüenza de cambiar de ruta espontáneamente. Y sí, lo reconozco: la constancia es mi asignatura pendiente.
Pero tengo mono. Creo que necesito volver aunque, esta vez, sin pretensiones ni presiones. Cosa que también se me suele dar mal. Pero… ¡qué le vamos a hacer! Las promesas que las haga la Iglesia. Y yo, únicamente, se las hago a mi novio.
Vuelvo a los libros e intentaré volver, con cierta regularidad, a escribir sobre ellos en mi blog. ¿Debería pedir perdón por la ausencia? No. No creo que a nadie le doliese demasiado mi marcha… Y también espero que no duela demasiado mi vuelta.
martes, 12 de abril de 2011
Vuelvo en un momento


martes, 5 de abril de 2011
Catorce meses

Suele pasarme a menudo, que el relato corto se me queda escaso. Y valga la redundancia. Quizá el problema es mi manera de concebir el mundo, cómo si cada diminuta partícula y cada sustancia a mi alrededor fuesen parte de un todo indomable, incomprensible y, por supuesto, inevitable. Aún así, existen excepciones. Por quedarme en los contemporáneos (para que luego no me cuelguen el sambenito de nostálgica), citaría a Sergi Pàmies o a Quim Monzó (ambos publicados por Anagrama), y ahora también a Pilar Adón, que con su excelente El mes más cruel (Impedimenta) ha conseguido dejarme con un buen sabor de boca.
En los catorce relatos que conforman el libro, predominan las mujeres. La visión femenina es la que conduce por el misterio de las relaciones personales, de los lazos invisibles que provocan que dos personas no se puedan separar. Y como el tema es complicado de per se, era de esperar la lectura no fuese precisamente baladí. Cada cuento es un pequeño universo, incompleto y hermético, cargado de equis que encierran sutileza e ingravidez pero, sobre todo, ambigüedad, suposiciones y elipsis incompletas. Como explican desde la editorial: “El mes más cruel es una esmerada colección de recetas para sobrevivir a la pérdida, a la separación, la locura y el miedo”. El único problema es que el remedio tiene forma de literatura, y no de fórmulas matemáticas.
Pilar Adón fue galardonada, en 2005, con el Premio Ojo Crítico de Narrativa tras la publicación, ese mismo año, de Viajes Inocentes (Páginas de Espuma). Pero el libro no sólo le valió numerosos galardones sino también que la crítica la señalara como una de las escritoras más prometedoras del panorama narrativo español. Con varios libros en el mercado, la dulzura y excelencia literaria de la madrileña ya no es pura utopía y, como los buenos, consigue superarse a sí misma a cada paso que da.
El mes más cruel no pasa desapercibido aunque, en mi opinión, lo mejor es que no necesita etiquetas ni esfuerzos en la recomendación. Y, por supuesto, siempre es un placer leer literatura sobre mujeres que no sea, únicamente, para mujeres.